Prácticamente todos estaremos de acuerdo con que, hablar de tecnología electrónica alemana de los años 60 y 70 era hablar de lo mejor y más eficiente. Aun hoy persiste ese aura alrededor de todo lo que venga de ese país. Marcas como Telefunken, AEG o Siemens, fueron pioneras tanto por innovación como por calidad conquistando el mundo desde inclusive mucho antes de la llegada de la radiodifusión. Pero, y sin desmerecer su potencial, para ser sinceros estos grandes conglomerados contaron con una mano muy grande del estado alemán al menos hasta fines de la segunda guerra.
Al concluir este fatídico episodio de la humanidad, la industria alemana se levantaría de entre las ruinas y algunos emprendedores encontrarían una oportunidad de mostrar al mundo lo que significa eficiencia alemana. La historia de Max Grundig es la de uno de esos emprendedores que se “hacen a sí mismo” con una visión técnica increíble que terminó definiendo la estética y la tecnología de los hogares europeos durante décadas.

Max Grundig nace en Núremberg, en 1908. Tras la muerte de su padre, tuvo que empezar a trabajar muy joven para apoyar a su familia. Su fascinación por la radio lo llevó a abrir su propio local de radios y reparaciones en 1930, llamado Radio-Vertrieb Fürth.
El momento de quiebre absoluto llegó tras la Segunda Guerra Mundial. Alemania estaba en ruinas y la producción de radios estaba estrictamente regulada por los aliados. Grundig encontró un vacío legal brillante, creó el Heinzelmann, una radio que no se vendía como un producto terminado, sino como un “juguete” o kit de construcción para que el usuario lo armara en casa. Fue un fenómeno total. Esto le permitió acumular el capital necesario para construir una fábrica gigante en Fürth (Fürth es una ciudad alemana de Baviera ubicada a 10 km de Núremberg) y convertirse en el mayor fabricante de radios de Europa en los años 50.
Bajo su mando, Grundig dejó de ser solo “radios” para convertirse en un imperio de la electrónica de consumo. En 1952, fueron de los primeros en producir televisores en serie en Alemania. Sus magnetófonos se volvieron estándar de calidad. Max tenía un ojo clínico para el diseño. No solo quería que sus aparatos funcionaran bien, quería que parecieran muebles elegantes para la sala de estar.
Pero como muchos gigantes europeos, Grundig sufrió en los años 70 y 80 con la llegada de la competencia japonesa. Fue un jefe de la vieja escuela: autoritario, pero extremadamente paternalista con sus empleados (llegó a tener a más de 35.000 personas a su cargo). En 1984, terminó vendiendo gran parte de la empresa a Philips. Falleció en 1989.
Y aunque los lectores de VintaRadio ya lo saben, recordemos que hubo una época en la que escuchar la radio no era solo sintonizar una frecuencia, sino una experiencia de ingeniería y diseño. En 1962, Grundig lanzó la Yacht Boy 202, una radio que no solo prometía captar emisoras de todo el mundo, sino hacerlo con una fidelidad sonora que humillaba a sus competidoras de plástico. Con su robusto mueble de madera revestido y su característico dial de precisión, esta ‘joya’ de la ingeniería de Fürth se convirtió en el estándar de oro para los viajeros y audiófilos de la posguerra. Hoy, décadas después, restaurar una 202 es mucho más que un hobby: es rescatar una pieza de historia que todavía tiene mucho que decir.


Y precisamente si de rescatar hablamos, hay que decir que esta radio a primera vista estaba muy bien, sin embargo, como siempre, los detalles son lo que lo complican todo. Nada más mover la perilla del dial noto que el movimiento no era fluido, en AM si bien se podía cambiar de estaciones por momentos el mando no respondía y patinaba, en FM ese efecto era peor aún, a lo que pensé que se trataba solo del hilo del dial destensado, ¿Qué otra cosa podría ser?
Sin embargo, el Sutra alemán “¿Para qué hacer algo fácil si se puede hacer difícil?” hizo su manifestación en este punto.
El mecanismo del dial es, a mi criterio, innecesariamente complejo. Resulta que, como la mayoría de las radios de la época, no hay un tándem único para FM y AM, sino que están por separado, hasta ahí normal. Y como también es esperable, el comando desde la perilla es por hilo y poleas. Pero, se ve que a los ingenieros alemanes les pareció buena idea incluir un sistema de “embragues” accionado con la botonera de cambio de bandas que hace que el eje de la perilla acople al sistema de tándem de AM o al de FM alternativamente, de forma que cuando sintonizamos una emisora de AM el tándem y aguja de FM quedan quietos y viceversa.
El sistema es complejo y propenso a fallar con los años y de beneficios exiguos, a lo sumo como una curiosidad. Funcionalmente nos acostumbramos con los años a que el tándem de FM y AM sean únicos por lo tanto cuando movemos la perilla del dial se mueven ambas frecuencias y eso no parece ser un problema para nadie.
Este sistema estaba destruido literalmente, hasta el volante de inercia de metal estaba partido. En este punto hay dos alternativas, una es recuperar todo a su estado original (lo más trabajoso) o, eliminar el sistema y unificar el mando de ambos tándems, lo más sencillo y efectivo. Y como la elección es entre originalidad o funcionalidad, pese a quien le pese yo me decanté por lo segundo, no sin antes hacer un intento infructuoso de reparación del mecanismo de embragues. La solución fue una gota de cianoacrilato en cada uno de ellos y así el mecanismo arrastra ambos tándems simultáneamente.



Y ya que estamos por el dial, en las pruebas también noté que las lámparas del mismo no funcionaban y que además tenían aspecto de no ser originales. Un rápido testeo me indicó que efectivamente ambas estaban quemadas y mirando el manual certifico que no son originales. El dilema aquí es que las lámparas originales son de un tamaño miniatura más pequeña que las habituales y que por tanto muy difíciles de conseguir (por algo ya fueron reemplazadas por otras distintas), así que, o bien sacudo el mundo entero buscando esas lámparas y me apronto a entregar un riñón en el proceso, o bien sigo con la chapuza anterior. Bueno, soy débil, después de todo la reparación anterior funcionó mucho tiempo, así que conseguí unas lámparas que al menos en lo eléctrico se asemejan a las originales y se pueden montar bien. Bueno, bonito y barato.


Ahora sí, solucionado lo más evidente podemos pasar a la electrónica. A diferencia de los modelos que vinieron años después, la totalidad de los transistores son de germanio tipo PNP, lo que representa un desafió para sustituir en caso de ser necesario. Sin embargo y afortunadamente, todos ellos se muestran muy vitales, aunque hay una distorsión en el audio que necesita ser revisada.

En principio el sonido es potente, pero con una apreciable distorsión a bajo volumen en todas las bandas con lo cual el primer sospechoso es el amplificador de audio, aunque no descarto algún problema en la peculiar fuente de alimentación ya que he visto algunos pestañeos extraños.
Los sospechosos de siempre en estos casos son dos, los transistores de germanio y los capacitores electrolíticos. Y antes de que se lo pregunten, yo no soy de los que cambian todo “por las dudas”. Como dije, los transistores muestran tensiones de polarización dentro de los rangos de tolerancia, aunque mirando en detalle el esquema de salida veo que han incluido un preset para regular el reposo del par de salida, lo que es importante verificar sobre todo porque la distorsión que se escucha tiene mucha pinta de ser distorsión por cruce.

Fiel a mí impaciencia comienzo verificando esa corriente de reposo, y, aquí no hay problema. Los transistores están bien y la corriente, que si bien esta ligeramente por debajo (11 mA vs los 15 mA recomendados) no es suficiente para explicar toda la distorsión.
Pasamos entonces a los capacitores, por donde debería haber empezado, en especial un par de ellos que están en el circuito de realimentación. Sin dejar de lado por supuesto los de la fuente.


Esta fuente de alimentación es, para mí, disruptiva. Nunca antes me había encontrado con un diseño tan elaborado, no solo por lo electrónico, con un transformador con múltiples secundarios para producir una tensión de referencia que luego se usa para un estabilizador serie transistorizado, sino también por su diseño modular extraíble cuyo objetivo no logro comprender más allá de la evidente ventaja al momento de reparación o sustitución.
Aquí los capacitores de mayor capacidad se muestran perfecto (literal, con error menor al 1%) sin embargo un pequeño capacitor de 100uF muestra excesiva tolerancia lo que amerita el cambio. Por supuesto, luego del cambio es necesario ajustar la tensión de salida de la misma que se encuentra ligeramente por encima del valor recomendado de 8.5V.



Evidentemente, luego de ajustar la fuente, tendremos que volver sobre la corriente de reposo del par de salida, esta vez se muestra bastante baja (4 mA) con lo cual es importante llevarla a los 15 mA nominales ya que eso garantiza una distorsión por cruce mínima y un consumo contenido.

Resumiendo, luego de cambiar los capacitores electrolíticos de la realimentación que se mostraban ligeramente fuera de tolerancia, de ajustar las tensiones y la corriente de reposo, y de inyectar una señal senoidal en la entrada del amplificador para observar la misma en la salida mediante el osciloscopio, puedo decir que la distorsión ha desaparecido. Aunque encuentro el sonido un poco “áspero” y salta en evidencia que el parlante está rozando. Afortunadamente eso se solucionó con un poco de aire comprimido en la bobina móvil.

Conclusiones:
Y si bien he hecho alguna crítica al complejo sistema del dial, hay que hacer justicia y decir que la Grundig Yacht Boy 202 (especialmente las versiones de 1962/63) es una pieza de ingeniería alemana fascinante y un salto importante en la evolución de las radios portátiles multibanda. El mote de “tanque alemán” está bien puesto ya que toda la radio denota diseño basado en la eficiencia, calidad y precisión extrema para la época.
El diseño fue comercializado como una radio para gente “glamorosa” que viajaba en barcos o aviones, lo que le dio ese estatus de objeto de deseo en los 60. Debido a su construcción robusta, se hizo famosa por su peso (¡casi 5 kg con pilas!), con un mueble de madera revestido en cuero o vinilo que le daba una acústica superior a las de plástico.
Analizar el esquema electrónico de esta radio es un placer para la mente, hay pequeños detalles por donde se mire, similares a los embragues del mecanismo del dial, que podrían ser poco importantes para el usuario medio pero que resuman calidad y sofisticación. Relé de conmutación automática para funcionamiento a pilas o de red, fuente de alimentación extraíble y estabilizada, alojamiento para el cable y la ficha de alimentación, controles de tonos agudos y graves que realmente funcionan, fusible resistivo de seguridad para la red, ficha DIN para conectar un grabador, mayor cantidad de etapas de FI que aseguran tanto la sensibilidad como la selectividad e inmunidad a ruidos. A diferencia de muchas radios europeas de la época que cortaban en 100 o 104 MHz, la Yacht Boy 202 llegaba hasta los 108 MHz, lo que la hace muy funcional incluso hoy.
En fin, un compendio de altas tecnologías y buenas prácticas que hacen de ésta una radio sin parangón.
En lo que respecta a calidad de sonido es un 10/10, pocas veces he encontrado una radio con un sonido tan cálido, potente y definido como la Yacht Boy. Basta con comparar con su competencia directa de la época, la Zenith Royal 3000, muy buena también, pero me temo que en calidad y eficiencia esta le gana. Puestas una a la par de la otra, el ojo avezado puede descubrir las mil diferencias entre la tecnología alemana y norteamericana del momento. Quien no logra ver esto quizás perciba la primera como más complicada, y algo de ello hay, pero no sin motivos. Yo soy un convencido de que los detalles hacen la diferencia.
Repararla puede ser tedioso y complejo si no se está familiarizado con el pensamiento alemán detrás de su concepción, pero verla y oírla funcionar compensan todas esas frustraciones.
Y para terminar, una reflexión: mencioné muy al pasar el tema de los transistores, todos ellos de germanio, y no le di más cabida porque sinceramente no me dieron ningún problema. Sin embargo, hay una persistente mala fama entorno a ellos. Yo no voy a ser quien defina si eso es verdad o no, pero, si dejo de lado esos prejuicios y me limito a las prestaciones de estos olvidados semiconductores evidentemente escuchar un amplificador que enteramente usa transistores de germanio es un deleite para los oídos, con un sonido muy cálido, similar al de las válvulas, pero sin efecto microfónico, muy limpio, sumamente agradable y dulce. Y entonces me invade una sensación de nostalgia al pensar como sería si la tecnología hubiera avanzado en ese sentido, solucionando sus puntos débiles de confiabilidad frente a sus pares de silicio y manteniendo su bajo ruido, baja tensión de polarización y alta eficiencia … es una pena que ya no fabriquemos transistores de germanio de uso general.








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